miércoles, 10 de febrero de 2016



CARICIAS

Conocí a una persona que moría por las caricias. Contaba que sentía tanto cuando recibía una caricia que era algo adictivo. No dejó de sorprenderme, no podía entender cómo una simple caricia era tan importante para alguien. ¿Tanta soledad hemos creado en la sociedad como para anhelar cualquier tipo de caricia?
Fueron muchas las charlas, y de muchas horas, las que mantuve con esta persona. En realidad, era muy sensible. Quizá era muy avanzado para la época en la que vivía. O, simplemente, sabía apreciar lo que era importante de lo que no lo es.
No se trataba de recibir lo que fuera, él así lo explicaba: “una caricia de corazón te hace renacer, te hace conectar con el verdadero espíritu de lo que es el amor”. Supongo que tenía razón, hoy en día las palabras también se utilizan sin sentido de la oportunidad. En cantidad de veces alguien te dice “amor”, “cariño”, “corazón”, pero, realmente no se sabe si son conscientes de lo que dicen. Posiblemente, todas estas palabras sí que tengan su valor en el sitio y en el momento que hay que decirlas.
Como decía este amigo mío, sólo existe un gran acariciador en el mundo. Uno que no se cansa de acariciar, que lo hace porque sí, a cambio de nada. Me contaba que no le importaba la persona, si era guapo o feo, si era bueno o malo, si era de aquí o de allá, él acaricia a todo el mundo. Cuando me decía esto no alcanzaba a comprender quién era capaz de hacer aquello. Creo que mi amigo disfrutaba con mi perplejidad. Y, sí, tenía razón, aunque fuese un sinsentido. El viento, me dijo, señalando con el dedo hacia el cielo. No podía creer lo que me estaba diciendo. Lo primero que pensé es que me estaba tomando el pelo. Sin embargo, volví a entender que no. Simplemente, mi amigo era especial. Con una gran sonrisa empezó a decirme: “seguro que has oído hablar del amor incondicional. ¿Qué es más incondicional que acariciar a todo el mundo? Probablemente, habrás escuchado lo de ayudar a quien sea, y, ¿qué es más que dar un empujoncito a quien sea? Quizá te parezca una locura, pero del viento también se puede aprender. Déjate acariciar por él, mécete en él, disfruta de sus caricias, y siéntelo en tu cara. Estoy seguro de que disfrutarás de esa sensación de plenitud que te va a transmitir”.
Después de estas palabras, me quedé en silencio. Ese día no volví a intercambiar ninguna palabra con él. No tenía muy claro si todavía me estaba tomando el pelo. Llegó la noche y todavía seguía pensando en sus palabras. Evidentemente, era una persona mucho más sabia que yo y, además, muchísimo más sensible. Empecé a darme cuenta de que lo que había hecho era darme una gota de sabiduría. Mediante una alegoría había introducido en mi vida el amor incondicional, la ayuda a los demás y el amor hacia uno mismo. Qué tonto me sentí por haber pensado mal de él. Sólo me estaba enseñando. Y tenía razón, el amor incondicional no tiene límites, aunque sea difícil de entender y practicar. Ahora, cada vez que siento el viento en mi cara sonrío, disfruto y recuerdo esta bonita lección.

 A.Machancoses

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