CARICIAS
Conocí a una persona que moría por las
caricias. Contaba que sentía tanto cuando recibía una caricia que era algo
adictivo. No dejó de sorprenderme, no podía entender cómo una simple caricia
era tan importante para alguien. ¿Tanta soledad hemos creado en la sociedad
como para anhelar cualquier tipo de caricia?
Fueron muchas las charlas, y de muchas
horas, las que mantuve con esta persona. En realidad, era muy sensible. Quizá
era muy avanzado para la época en la que vivía. O, simplemente, sabía apreciar
lo que era importante de lo que no lo es.
No se trataba de recibir lo que fuera,
él así lo explicaba: “una caricia de corazón te hace renacer, te hace conectar
con el verdadero espíritu de lo que es el amor”. Supongo que tenía razón, hoy
en día las palabras también se utilizan sin sentido de la oportunidad. En
cantidad de veces alguien te dice “amor”, “cariño”, “corazón”, pero, realmente
no se sabe si son conscientes de lo que dicen. Posiblemente, todas estas
palabras sí que tengan su valor en el sitio y en el momento que hay que
decirlas.
Como decía este amigo mío, sólo existe
un gran acariciador en el mundo. Uno que no se cansa de acariciar, que lo hace
porque sí, a cambio de nada. Me contaba que no le importaba la persona, si era
guapo o feo, si era bueno o malo, si era de aquí o de allá, él acaricia a todo
el mundo. Cuando me decía esto no alcanzaba a comprender quién era capaz de
hacer aquello. Creo que mi amigo disfrutaba con mi perplejidad. Y, sí, tenía
razón, aunque fuese un sinsentido. El viento, me dijo, señalando con el dedo
hacia el cielo. No podía creer lo que me estaba diciendo. Lo primero que pensé
es que me estaba tomando el pelo. Sin embargo, volví a entender que no.
Simplemente, mi amigo era especial. Con una gran sonrisa empezó a decirme:
“seguro que has oído hablar del amor incondicional. ¿Qué es más incondicional
que acariciar a todo el mundo? Probablemente, habrás escuchado lo de ayudar a
quien sea, y, ¿qué es más que dar un empujoncito a quien sea? Quizá te parezca
una locura, pero del viento también se puede aprender. Déjate acariciar por él,
mécete en él, disfruta de sus caricias, y siéntelo en tu cara. Estoy seguro de
que disfrutarás de esa sensación de plenitud que te va a transmitir”.
Después de estas palabras, me quedé en
silencio. Ese día no volví a intercambiar ninguna palabra con él. No tenía muy
claro si todavía me estaba tomando el pelo. Llegó la noche y todavía seguía
pensando en sus palabras. Evidentemente, era una persona mucho más sabia que yo
y, además, muchísimo más sensible. Empecé a darme cuenta de que lo que había
hecho era darme una gota de sabiduría. Mediante una alegoría había introducido
en mi vida el amor incondicional, la ayuda a los demás y el amor hacia uno
mismo. Qué tonto me sentí por haber pensado mal de él. Sólo me estaba
enseñando. Y tenía razón, el amor incondicional no tiene límites, aunque sea
difícil de entender y practicar. Ahora, cada vez que siento el viento en mi
cara sonrío, disfruto y recuerdo esta bonita lección.
A.Machancoses

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