martes, 16 de diciembre de 2014





ABETOS

Formábamos un grupo extraordinario. Sin saberlo habíamos aparecido un grupo sin precedente en el lugar. Entre nosotros había de todo y nos compensábamos. El más alto nos avisaba de lo que se acercaba o de todo lo que ocurría a nuestro alrededor y no podíamos ver. El más bajito era el que intentaba recoger todas las cosas. El más positivo intentaba animar al resto. El más gracioso nos hacía reír y los días pasaban volando. El más pesimista nos alertaba de peligros con sus palabras, aunque no le hacíamos mucho caso. Éramos tan diferentes que creo que esa era la clave para haber formado la piña que formábamos. Cada uno aportaba una parte imprescindible para el grupo y, sobre todo, para nuestra felicidad. Todo el mundo estaba asombrado de ver el ambiente que se había formado y, lo que es más importante, de lo que transmitíamos al resto. No había día que no viniese alguien a visitarnos, no sabían el por qué pero tenían la necesidad de pasar por donde estábamos. Sólo había una cosa que no nos gustaba a ninguno de todos, sin embargo, he de confesar que después acabó gustándonos a todos. Cuando llegaba el final del año nos obligaban a disfrazarnos, y no nos podíamos negar. A ninguno de todos le hacía gracia el disfraz que nos tocaba; encima todos los años era el mismo. Cuando llegaban los disfraces nos mirábamos unos a otros en silencio, no nos hacía falta ni hablar. La única diferencia de un año a otro era la persona que venía a disfrazarnos y, por supuesto, había quien lo hacía mejor que otros. Todos teníamos ganas de que pasara pronto y de que nos quitaran el disfraz; hasta que llegó el día que nos cambió a todos. Ese año había sido un año muy duro, las cosas no iban nada bien y la gente lo estaba pasando muy mal. El invierno también estaba siendo muy duro y se respiraba un ambiente enrarecido. La gente estaba desanimada, cansada y, quien podía, conservaba su esperanza de mejorar. Ese año todo el mundo le daba mayor importancia a nuestros disfraces, se tomaban más tiempo en disfrazarnos, cada detalle estaba estudiado y, además, a cada adorno que nos ponían lo hacían con una intención. Al mismo tiempo, ese año venía mucha más gente a vernos, nos rodeaban, se sentaban junto a nosotros y, en silencio, nos hablaban sobre sus preocupaciones. Lo que más nos sorprendió fue que ese año había mucha más compasión y ayuda entre ellos. Nos sentíamos queridos y respirábamos el respeto y cariño de unos con otros. Era un año malo que todos querían superar y seguir adelante. Y, nosotros, éramos el punto de unión, éramos aquello que les hacía recordar lo que realmente era importante en la vida. Habíamos concentrado lo que realmente era el espíritu de la navidad, el amor. Hasta aquel año nos habíamos sentido como unos abetos a los que venían a colgarles unas bolas, mal puestas, y algo de luz. Nos torturaban y se iban. Sin embargo, ese año comprendimos que éramos mucho más importantes, que no éramos unos simples adornos, y que representábamos el espíritu de la navidad. Que en cualquier momento acudirían a nosotros. Que éramos los guardianes y los portadores de algo muy importante. Descubrimos el verdadero amor y, encima, éramos portadores de él. A partir de ese año a todos nos gustaba la navidad y los adornos navideños, anhelábamos que llegase cada año para poder volver a sentir ese amor tan especial que se creaba. Y, es verdad, el amor lo mueve todo.


A.Machancoses




1 comentario:

  1. Ana, muchas gracias por estas caricias en forma de cuentos.
    Me gustan tus líneas y me reconfortan.
    Feliz navidad y que el nuevo año te dé aquello que anhelas y ganas para seguir regalándonos más caricias.
    Muchos besos.
    Vicente M

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