jueves, 11 de diciembre de 2014






LA HIGUERA


Cada vez que acudo al mercado a comprar y paso por el puesto de fruta me acuerdo de mi abuelo. Siempre nos sentábamos debajo de una gran higuera en los veranos. Su sombra era enorme y se estaba fresquito, además también comíamos algún higo que, por cierto, eran más que sabrosos. Luchábamos un poco con los pájaros y las hormigas porque también se los querían comer, sin embargo, en la higuera había suficiente para todos. Mi abuelo era muy mayor y me contaba historias de su vida. Tenía ochenta años a pesar de que no los aparentaba. Había tenido una vida muy diferente a lo habitual, la mayoría de los abuelos de mis amigos no habían viajado casi y apenas habían salido de la misma ciudad. Mi abuelo había hecho casi completamente lo contrario, se había pasado más parte de su vida viajando que en casa; creo que estaba en casa porque ya no podía viajar por sus achaques. Viajó muchísimo, conoció casi todas las culturas, hablaba varios idiomas y tenía amigos muy peculiares. Alguna vez había venido a su casa alguno de sus amigos y siempre era un acontecimiento. Puedo asegurar que vi a hombres vestidos de todos los modos, personalmente, el que más me gustó fue un hombre muy alto con una sonrisa enorme, con chanclas, con una especie de blusón que llevaba más colores de los que existen, y unas gafas sin patillas. Me tenían hipnotizado aquellas gafas, desafiaban a la gravedad y no se le caían. Me encantaba escuchar a mi abuelo hablar con sus amigos en otros idiomas, me sentía orgulloso de él.
A pesar de estar tanto tiempo fuera de casa, no sé cómo lo hizo, fue capaz de llenar la vida de mi abuela. Era una mujer feliz y también tenía algo peculiar, su mirada parecía leer tus pensamientos antes de que tú los crearas, era increíble. Alguna vez también se sentaba con nosotros debajo de la higuera y se dedicaba a sonreír y a escucharnos en silencio. Lo mejor de las historias de mi abuelo es que de todas se aprendía, siempre llevaban un mensaje. Un día le pregunté a mi abuelo que cuantas personas había conocido en su vida, me miró durante unos segundos y me dijo: “mira, si las contara serían muchas o muchísimas, no sé si sería capaz de contarlas. Sin embargo, sí que te puedo decir algo de todas ellas; cada persona que conocí lo hice en el momento preciso que me hacía falta y me enseñaron lo que en ese momento necesitaba saber y aprender. Todos te pueden enseñar y, querido nieto, tengo una libreta donde escribí el nombre de cada uno y lo que en aquel momento me enseñó. Unos me enseñaron paciencia, otros bondad, otros caridad, algunos el lado oscuro de la vida, otros fe, y gracias a todos ellos hoy soy quien soy. A todos los llevo en mi corazón y todos forman uno, que soy yo”. Tras su contestación me quedé en silencio pensando, quizá era así, a mí mi compañero de clase me había enseñado a observar. Ese día creé mi propia libreta, y mi abuelo es el primer nombre de mi libreta.

 A. Machancoses






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