LA HIGUERA
Cada vez que acudo al mercado a comprar y paso por
el puesto de fruta me acuerdo de mi abuelo. Siempre nos sentábamos debajo de
una gran higuera en los veranos. Su sombra era enorme y se estaba fresquito,
además también comíamos algún higo que, por cierto, eran más que sabrosos.
Luchábamos un poco con los pájaros y las hormigas porque también se los querían
comer, sin embargo, en la higuera había suficiente para todos. Mi abuelo era
muy mayor y me contaba historias de su vida. Tenía ochenta años a pesar de que
no los aparentaba. Había tenido una vida muy diferente a lo habitual, la
mayoría de los abuelos de mis amigos no habían viajado casi y apenas habían
salido de la misma ciudad. Mi abuelo había hecho casi completamente lo
contrario, se había pasado más parte de su vida viajando que en casa; creo que
estaba en casa porque ya no podía viajar por sus achaques. Viajó muchísimo,
conoció casi todas las culturas, hablaba varios idiomas y tenía amigos muy
peculiares. Alguna vez había venido a su casa alguno de sus amigos y siempre
era un acontecimiento. Puedo asegurar que vi a hombres vestidos de todos los
modos, personalmente, el que más me gustó fue un hombre muy alto con una
sonrisa enorme, con chanclas, con una especie de blusón que llevaba más colores
de los que existen, y unas gafas sin patillas. Me tenían hipnotizado aquellas
gafas, desafiaban a la gravedad y no se le caían. Me encantaba escuchar a mi
abuelo hablar con sus amigos en otros idiomas, me sentía orgulloso de él.
A pesar de estar tanto tiempo fuera de casa, no sé
cómo lo hizo, fue capaz de llenar la vida de mi abuela. Era una mujer feliz y también
tenía algo peculiar, su mirada parecía leer tus pensamientos antes de que tú
los crearas, era increíble. Alguna vez también se sentaba con nosotros debajo
de la higuera y se dedicaba a sonreír y a escucharnos en silencio. Lo mejor de
las historias de mi abuelo es que de todas se aprendía, siempre llevaban un mensaje.
Un día le pregunté a mi abuelo que cuantas personas había conocido en su vida,
me miró durante unos segundos y me dijo: “mira, si las contara serían muchas o
muchísimas, no sé si sería capaz de contarlas. Sin embargo, sí que te puedo
decir algo de todas ellas; cada persona que conocí lo hice en el momento
preciso que me hacía falta y me enseñaron lo que en ese momento necesitaba
saber y aprender. Todos te pueden enseñar y, querido nieto, tengo una libreta
donde escribí el nombre de cada uno y lo que en aquel momento me enseñó. Unos
me enseñaron paciencia, otros bondad, otros caridad, algunos el lado oscuro de
la vida, otros fe, y gracias a todos ellos hoy soy quien soy. A todos los llevo
en mi corazón y todos forman uno, que soy yo”. Tras su contestación me quedé en
silencio pensando, quizá era así, a mí mi compañero de clase me había enseñado
a observar. Ese día creé mi propia libreta, y mi abuelo es el primer nombre de
mi libreta.
A. Machancoses

No hay comentarios:
Publicar un comentario