sábado, 6 de diciembre de 2014



  
ROCÍO

La vida continuaba. Los días pasaban. El tiempo avanzaba sin pausa pero con pauta. Todo fluía y todo se sucedía. Podías elegir vivir la vida como espectador o elegir involucrarte en ella. Quizá no vivir también es otro modo de vivir. Sin embargo, aunque yo no avanzaba la vida sí que lo hacía y, sorprendentemente, tenía unos planes para mí diferentes a los que yo pensaba. Todo lo que me había imaginado sobre mi quedó en el recuerdo, la vida había abierto otro camino y lo seguí. La aventura acababa de comenzar y quería que la vida me sorprendiese, si era posible. Simplemente, me enamoré. Sí, parece que no es nada extraño enamorarse pero en mi caso sí que era una gran novedad. Nunca pensé en la posibilidad de que yo me pudiera enamorar y, mucho menos, que alguien se enamorara de mí. Mi vida pertenecía a mi grupo, todos juntos nacíamos y todos juntos dejábamos de existir. Nuestra vida era corta pero intensa aunque sabíamos que pronto volveríamos a nacer. Éramos una explosión de vida, de belleza, y con una misión. Mis compañeros me miraban perplejos, no osaban ni preguntar. Nadie entendía lo que estaba ocurriendo. Jamás en la historia de la tierra se había dado un caso igual. Nadie se atrevía a juzgar o criticar, posiblemente por lo inusual que era. Se respiraba entre nosotros el amor que resultaba de mi enamoramiento y de mi enamorada. En realidad, mi felicidad nos afectaba a todos y, sin entenderlo, todos disfrutaban. Mi amada me quería y, al mismo tiempo, cuidaba de todos. Sólo un problema nos apenaba a los dos, únicamente nos podíamos ver unas pocas horas. Durante ese tiempo nos hablábamos, nos acariciábamos y hacíamos crecer nuestro amor. Mi amada sabía que mi vida era corta, aunque sabía que volvería a nacer, y eso la apenaba. Pensar que estaríamos un tiempo sin vernos era angustioso. Sin embargo, así era mi vida. Por otro lado, a mí me apenaba no poder verla más horas al día. Ella vivía de noche y por el día viajaba. A pesar de todo, era tanto nuestro amor que todo lo superábamos. El hecho de haber conocido el amor, cuando siempre lo había visto en los demás, me hizo sentirme parte de la vida. Qué más podía pedir alguien como yo, simplemente era un trébol que nace junto con muchos tréboles, que forman una alfombra a la tierra. Nuestra misión es crear un manto que dé calor a la tierra en tiempos de frío. Somos su alfombra de color y calor. Jugamos con el sol, con la tierra y con el viento. De noche, antes de cerrar nuestras hojas, miramos a la luna. Todos esperamos su canción de buenas noches, nos acuna, nos ofrece su nana y nos dormimos hasta que el sol nos despierta. Mi amada y enamorada era la luna. Una noche mientras nos cantaba me puse a cantar con ella, era tan preciosa la melodía que no lo pude evitar. La luna me escuchó, me guiñó un ojo y seguimos cantando. Desde ese momento cantábamos todas las noches, nuestras voces nos fueron uniendo. La vida se paraba cuando nos poníamos a cantar, todos los animales se sentaban mirando hacia la luna mientras ella nos repartía toda su dulzura. Se corrió la voz por el bosque, un trébol y la luna estaban enamorados. Muchos querían conocerme y se acercaban a saludarme. Unos esperaban que tuviera un color especial, otros esperaban que fuera de otro tamaño, y algunos movían la cabeza con expresión de incredulidad. Yo no tenía nada especial, todo lo contrario, cuando venían a verme mis compañeros me tenían que señalar para que supieran que era yo el enamorado. Un día me desanimé, todos tenían razón, yo no era nada especial, simplemente era un trébol más. La tierra se dio cuenta de mis pensamientos y me dijo: “querido trébol, no importa cómo seas por fuera, no importa de qué color seas, ni tu tamaño, ni tu forma, ni tan siquiera tu voz. Lo que importa son los sentimientos que atesoras y que, con generosidad, ofreces cuando cantas. La luna no se ha enamorado de tu aspecto, lo ha hecho de tu forma de ser y de tus sentimientos, y por eso te quiere”. La tierra tiene una gran sabiduría y nunca se equivoca y, en esta ocasión, tampoco. Lo importante es el interior. Esa noche cantamos más que nunca, no podíamos parar. Ambos sabíamos que mi fin estaba próximo y la despedida llegaba. La luna empezó a llorar llenando con sus lágrimas todos los tréboles. La angustia me hizo callar y escuchar: “amado mío, la hora se aproxima y esperaré tu regreso. Durante el día no puedo estar contigo y, de noche, apenas unas horas. Para que sepas lo mucho que te echo de menos os rociaré con mis lágrimas”. A partir de esa noche todos los tréboles amanecían llenos de gotitas, todos ansiaban despertar para ver si habían sido rociados y las primeras palabras de todos eran: ¿hay rocío?. Siempre había. Los días pasaron, por las noches nos amábamos y, por las mañanas teníamos un regalo: su rocío. Hasta que llegó mi hora y con una de sus lágrimas desaparecí.
 Desde entonces la luna llora todas las noches, echa de menos a su amado y continua dejando caer rocío para que cuando vuelva a nacer su amado vea que ella lo sigue amando y esperando.


A.Machancoses

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