martes, 11 de noviembre de 2014





CARICIAS DE SUEÑO


Todas las noches soñamos, aunque no nos acordemos al despertarnos. Nos dejamos llevar por el sueño, vivimos mil aventuras y abrimos los ojos, la mayoría de las veces, sin saber ni recordar nada. Sin embargo, sí que recuerdo un día de verano en el que soñé. Estábamos en un parque natural, en plena naturaleza, con la intención de olvidarnos del mundo por unos días. Después de un largo año de trabajo teníamos ganas de descansar y disfrutar de la naturaleza. Ese día cogimos las mochilas y nos fuimos de ruta de senderismo hacia lo alto de las montañas. El camino era empinado pero, aun así, íbamos a buen ritmo. Llegamos a una ladera de una montaña, con unas vistas preciosas, y decidimos parar a comer allí. Estaba lleno de hierba verde y tierna; tendría unos treinta centímetros de alta. Era un sitio ideal para parar a descansar y a comer antes de continuar la ruta. Comimos un poco y me acosté en la hierba con el fin de reponer fuerzas ya que aún quedaba un buen trozo de ruta por hacer. Corría una brisa muy agradable lo que hizo que sin darme cuenta me durmiese, no me di cuenta ni de que me había dormido. Empecé a sentir un cosquilleo muy agradable por todo mi cuerpo, parecía que me estuvieran pasando una pluma por todo el cuerpo. Sentía como si flotase. Luego, empecé a sentir las caricias por los hombros, por el cuello, por el pecho y por la cara. He de confesar que era muy agradable y estaba relajado sintiendo el lugar. No me planteaba ni qué podía ser lo que me acariciaba y, mucho menos, si era algo malo. Era genial. Cuando ya llevaba un rato así empecé a escuchar una vocecita que parecía provenir de alguien muy pequeñito. La voz me decía: “¿tú también has venido a jugar con el viento?”. No entendía nada, ahí sí que pensé que lo había soñado y que había dado una cabezada. A los pocos minutos, la volví a escuchar y decía: “¿no quieres jugar?”. En ese momento ya me atreví a contestar: “¿Quién eres?”. La vocecita me dijo que era la hierba; “soy la hierba de esta ladera y estoy jugando con el viento”. No dije nada, me quedé en silencio intentando olvidar o, quizá, dejar de imaginar. Al poco rato sentí que parte de mí estaba jugando con la hierba y con el viento; se trataba de perseguirse, alcanzarse y dejarse caer. La hierba, por su lado, perseguía al viento hasta que daba con él. No entendía nada, sólo sabía que me lo estaba pasando muy bien. Ahora entendía las formas que adoptaba la hierba en las laderas de las montañas, no se trata de que el viento la mueve, es todo lo contrario, la hierba persigue al viento para alcanzarlo y por eso forma esa especie de ola levantándose y agachándose. El viento, por su lado, se reía y se metía con la hierba: “uf, has estado cerca pero no me has alcanzado. Has de crecer más”. La hierba enfurecía y, en la siguiente envestida, el viento se veía muy apurado para no ser alcanzado. Yo no sabía por qué pero seguía jugando, feliz y con una gran paz. Y, de repente, noto una mano en el hombro que me estaba moviendo y diciéndome que me despertara, que teníamos que continuar con la ruta. Estaba dormido, me había quedado dormido en la hierba y lo había soñado todo. Sentí un poco de pena, lo había pasado tan bien que me apenaba que no fuera verdad. Miré hacia el horizonte para ir despertándome del todo y, sorpresa, oigo la vocecita: “no, mira”. En ese momento empezó una envestida de la hierba y casi, por muy poco no alcanzó al viento. Empecé a reír sin parar y estaba lleno de alegría. Hoy, cuando lo pienso, todavía no sé hasta qué punto fue todo real o, simplemente, era todo un sueño. Lo que sí que es verdad es que, ahora, cuando veo la hierba moverse pienso que están jugando. Prefiero pensar que la hierba juega y que me acarició.


A.Machancoses







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