CON OTROS OJOS
Todos los días, en cuanto tenía tiempo, me quedaba
mirando el otro lado de mi mundo. Yo vivía en un sitio precioso pero lo que se
veía fuera parecía increíble. Me quedaba horas mirando, estaba hipnotizada con
todo lo que podía ver desde la tranquilidad de mi casa. Muchas veces venía
alguien, del otro lado, y se sentaba a pocos metros de mí. Estaba acostumbrada
a que vinieran personas por allí y, no es por nada, es que mi casa es preciosa.
Llegaban, se sentaban y se ponían a contemplar. Era curioso, yo miraba su mundo
y ellos miraban el mío. Venía toda clase de personas, había quien estaba feliz
y había quien venía buscando la tranquilidad que le hacía falta. Los que eran
felices miraban el horizonte, no querían perderse nada del entorno. En
realidad, yo jugaba a que éramos amigos y estábamos compartiendo un rato de
juego. Sin embargo, los que venían un poco tristes me daban mucha pena.
Normalmente se sentaban, se hacían una bolita y en contadas ocasiones miraban.
Ah! Que no se me olvide, había dentro del grupo de las personas tristes los que
se dedicaban a echar piedras al agua. No tienen ni idea de lo mal que me caían.
Empezaban a echarnos piedras, todos nos movilizábamos y, hasta teníamos una voz
de alarma cuando llegaba uno de estos. Nadie podía despistarse porque no
sabíamos dónde iba a caer la piedra. Ojalá hubiera podido salir a decirle que
no se echan piedras en casa de nadie. Nuestro mundo se paraba hasta que se iba
y todo volvía a la normalidad. Ya me gustaría que alguien me explicara qué
tiene de divertido lanzar piedras. En el fondo me daban pena. No tenía ni idea
de qué podía ocurrir en su mundo para llegar a estar tan triste. Lo que se veía
desde el otro lado era todo precioso, asomaban colores maravillosos, plantas y
árboles que jamás hubiera podido imaginar y animales de todas clases. Sí, los
animales que se acercaban eran bastante graciosos, cada uno tenía un toque
especial. Los momentos que eran entrañables era cuando se acercaba algún niño y
metía los pies. Se quedaban alucinados al verme y a mí me encantaba que me
quisieran coger mientras les rozaba los pies. No sé qué les ocurre a las
personas cuando crecen, nunca lo entenderé, su mundo también es precioso. ¿Qué
les puede faltar?. Mi madre venía alguna vez conmigo a mirar su mundo y siempre
me decía lo mismo: “no te preocupes, sólo han de reencontrarse”. No entendía
muy bien lo que me quería decir, sin embargo, a medida que fui creciendo lo
pude entender, su pelea era con ellos mismos. Espero que no tarden en disfrutar
de su mundo porque es fantástico, como el mío, aunque yo solo soy un pez.
A.Machancoses

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