COMPAÑEROS DE PISO
Siempre había escuchado una frase que me llamaba
mucho la atención: “hay que mirar y saber ver”. Cuando lo escuchaba no
conseguía alcanzar a saber qué quería decir, y dónde estaba la diferencia entre
mirar y ver. En mi ignorancia, y para mí, me decía: “si yo miro, ¿qué he de
ver?¿qué está oculto?”. De verdad que tenía mucha curiosidad, lo había leído en
muchas ocasiones, y cuando lo dicen algo debe haber. Al final lo di por
imposible y pasó un poco al olvido. Sin embargo, un día al salir a andar por una ruta que pasaba, en
gran parte, muy cerca de un parque natural, encontré a un hombre muy peculiar. Iba
unos cincuenta metros delante de mí, andaba apoyándose en un bastón y calzaba
sandalias. Lo primero que me llamó la atención fueron las sandalias, no es
normal andar por las rutas con sandalias, yo iba con unas botas de montaña,
ropa de montaña, mochila, cantimplora, gafas, cremas, comida, gorra, etc..
Aquel hombre no llevaba nada, sólo el bastón. Además, andaba sin parar de mirar
hacia los lados, parecía que no quería que se le pasara algo sin ver. He de confesar
que lo primero que pensé es que este hombre no estaba muy bien. Mi intención
era adelantarlo, seguir la ruta y no decirle nada. Cuando ya estaba a su
altura, casi adelantándolo, me miró, se paró y sólo dijo: “ya”. Entonces lo
miré con incertidumbre y me dijo: “no, no me has visto”. De repente me vino a
la mente la frase de mirar y saber ver. Otra persona que decía lo mismo. No
pude irme sin más y le dije: “perdone, sí que lo he visto”. Y aquí empezó su
explicación, me dijo que yo no lo había visto a él que, simplemente, había visto
lo que quería ver o lo que más cómodo me resultaba. No lo había visto a él, era
más de lo que mi mente se había parado a apreciar. “Sólo has visto a un hombre
raro, no visto como tú, no llevo mochila, no llevo comida, voy con sandalias…
Has mirado pero no has visto. No has visto que estoy disfrutando del viaje, que
me sorprendo con lo maravillosa que es la naturaleza, no has visto ningún
animal desde que saliste de casa y está lleno…”. Me quedé sin palabras, era
verdad, no me había dado cuenta de lo que hacía y, tampoco había visto ningún
animal. Al ver que yo era incapaz de decir nada, que me había quedado helado me
propuso que hiciera la ruta junto a él y me enseñaría a ver. La curiosidad era
tan grande que le dije que sí. Ahora creo que nunca olvidaré aquella excursión.
Empezamos a andar juntos y cuando menos lo esperaba se paraba, se quedaba
mirando algo y no se movía hasta que yo me daba cuenta de lo que había. Empecé
a ver flores silvestres que jamás había visto con anterioridad, vi lagartijas
de varios colores diferentes, vi caracoles, vi pájaros que no sé ni qué eran,
vi árboles que tampoco sabía lo que eran, me enseñó a conocer hierbas
medicinales, vi huellas de animales, vi una liebre que para mí era un conejo
hasta que me explicó las diferencias, vi nidos, vi arañas, y cuando se hizo
hora de comer empecé a sacar comida de la mochila y me dijo que no, que ese día
éramos invitados de la naturaleza. Lo guardé todo y lo seguí. Se metió por una
senda estrecha hasta llegar a una pared llena de moras. Nunca había visto
tantas moras, tan grandes y tan buenas, estaban dulces y sabrosas. Al rato
saqué la cantimplora para beber agua y volvió a decirme que no. Seguimos un
poco más adelante y había un nacimiento de agua. Era agua fresca y la más clara
que había visto. Estaba buenísima. Nos sentamos un rato y vimos beber a los
pájaros. Se me pasó el día volando, estaba disfrutando tanto que no me di cuenta
de que ya habíamos llegado al final de la ruta. No podía evitar sonreír y
sentirme feliz, había disfrutado como nunca. El hombre se me quedó mirando y me
dijo: “creo que ya me puedo ir, ya has aprendido a ver”. Le di las gracias por
todo y se fue. No me había hecho falta nada de lo que yo pensaba que era
imprescindible, ni botas, ni agua, ni comida, ni gorra… Jamás habría pensado
que a mi alrededor hubiera tantos animales y tanta vida. El hombre tenía razón,
no somos los dueños de nada, no somos quien manda de los animales, todos
vivimos en el mismo lugar y somos compañeros de piso. La naturaleza en nuestra
casa y, si te fijas, si te paras a mirar, lo puedes ver. Ese día comí de la tierra
y vi a todos los compañeros de piso que por allí estaban. Por fin, comprendí el
hecho de saber ver, de mirar y ver, y, tenían razón, es maravilloso.
A.Machancoses

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