LA ESENCIA DE LA VIDA: EL AGUA
Empezó el mundo a funcionar. Todo era nuevo y nada
había ocurrido antes. La naturaleza empezaba su camino y su vida. Estaba
entusiasmada porque iba a ser el hogar de toda clase de seres, habría toda
clase de animales y toda clase de plantas. Tenía mucho que hacer y mucho que
decidir. Primero tenía que distribuir a los animales por su territorio, pensar
qué zona asignaba a cada grupo y cómo vivirían juntos. Cada tipo o cada grupo le
iba diciendo a la tierra cómo les gustaría o cómo se lo imaginaban. Después, la
tierra, iba pensando la mejor forma de que todos estuvieran contentos y de que
todos disfrutaran de una vida maravillosa. A unos los mandó al desierto, a
otros a las montañas, a otros a la costa y, por fin, a otros al mar. No era
nada fácil conseguir un equilibrio feliz, sin embargo, lo consiguió. Todos estaban
contentos con su hogar y con sus acompañantes. La tierra disfrutaba viendo cómo
todos se adaptaban, y todo se puso en marcha. Pero, como en todos los sitios,
hubo algunos que necesitaban más, no se conformaban con un único lugar. La
tierra pensó y pensó hasta que dio con la solución, les pondría alas y, de ese
modo, harían migraciones de un lado a otro a lo largo del año. Los pájaros,
lejos de asustarse por las grandes distancias a recorrer, se pusieron muy
contentos. Serían viajeros en un mundo nuevo y visitantes de todos los lugares,
estaban encantados. Algo que le resultó muy divertido a la tierra fue organizar
los árboles y las plantas. Tenía que pensar cómo agruparlos para que, además de
que fueran felices, pudiesen ayudar a los hombres. La tierra ya sabía que esta
especie sería la más complicada, y que necesitaría de toda la ayuda posible.
Quería ayudar en todo lo que estuviera a su alcance y pidió a los árboles
frutos de todo tipo, color y sabor. A las plantas, que las consideraba como sus
pequeñas amigas, les pidió que se esforzaran en buscar todas las sustancias
necesarias para curar cualquier tipo de enfermedad. Todos estaban en marcha en
la construcción de un gran hogar. La tierra estaba muy contenta, todo iba
saliendo bien y todo se iba poniendo en marcha. Si surgía algún problema lo iba
solucionando del modo más eficaz y todo iba encajando. Sin embargo, la tierra
no paraba de pensar en encontrar un método, una forma, o un camino para hacer
llegar hasta todos los habitantes su fuerza y su vida. Necesitaba encontrar el
modo de que su esencia y vida llegase a todos. Estaban en contacto con ella
pero necesitaban más para no olvidar que pertenecían a un todo y a un
equilibrio global. Tras mucho tiempo de analizar la situación y de pensar en la
mejor solución la tierra dio con la respuesta; Inventó la sed. Sí, todos tendrían
en común el hecho de beber agua, todos necesitarían el agua en su cuerpo. De
este modo el agua les llevaría hasta lo más profundo de su interior la vida de
la tierra y su esencia. El agua les transmitiría la fuerza y los seguiría
manteniendo en contacto con ella. Dónde hubiera agua habría vida y alegría. Los
animales vivían cerca de algún rio, lago o charca; para que los arboles
bebieran agua la tierra se encargaría de que lloviera y, el resto, podría
moverse en su busca. Distribuyó nacimientos de agua por todos los sitios y se
encargó de que la vida llegase a todos los lugares. La tierra estaba feliz, el
agua alimentaría los dos tipos de sed, la física de cualquier ser vivo, y la
sed de vida interior. El agua es vida y con ella todo se logra. La tierra nos
cuida, sí, siempre encuentra el modo de hacernos llegar aquello que
necesitamos. Por eso no la llaman simplemente naturaleza, sino madre
naturaleza. Una madre adorable, sin duda.
A.Machancoses

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