GENTE ESPECIAL
Llega el viento de poniente. Llega el viento de
levante. Las nubes marcan agua. Los pájaros avisan de que va a llover. Mira el
sol, son las dos. Con la luna llena se ha de sembrar. Espera unos días que la
siembra dará más frutos. Los animales se van, vámonos. Llega tormenta. No vivas
a la orilla de un rio. Marca piedra. Oh, sí. Así era mi amigo de los veranos.
Cuando terminaba el colegio nos trasladábamos a una cabaña que estaba cerca de
un lago. Era un lugar precioso lleno de pinos y lleno de posibles aventuras. No
había muchos niños por la zona pero no me importaba, me había hecho amigo de un
vecino. No sé la edad que podría tener, solo sé que era muy mayor o, al menos,
a mí me lo parecía. Había pasado toda su vida allí cultivando sus tierras y
disfrutándolas. Siempre me decía lo mismo: “cuido de la tierra, le doy todos
los mimos y ella, a cambio, me da muchísimo más de lo que yo le doy. Soy como
un hijo que siempre está pidiendo”. He de reconocer que cuando me lo decía me
quedaba en silencio y no entendía lo que quería decir. Fue con el tiempo cuando
fui comprendiendo todo lo que me decía. Era verano y teníamos que recoger la
cosecha, yo estaba entusiasmado porque era la primera vez que iba a ir. Tenía
que levantarme al amanecer y acudir a su casa para ir con él. Y, así lo hice.
Apenas clareaba yo ya estaba a la puerta de su casa. Sin embargo, salió y me
dijo que no era buen día que volviera al día siguiente. Me fui a casa cabizbajo
pero no dije nada. Al día siguiente hice lo mismo, y tampoco era un buen día. Y
volví a la siguiente mañana, y lo mismo, sin embargo, no me fui sin más y me
senté en el suelo. Mi vecino empezó a reírse, me hizo entrar en su casa para
desayunar y me dijo: “si cosechamos se echará todo a perder, la noche ha tenido
rocío y hay que esperar. No mandamos nosotros manda la tierra. Cogeremos los
frutos cuando ella quiera”. De nuevo tenía razón, si lo recogíamos húmedo se
echaría todo a perder. Pasados tres días pudimos recoger toda la cosecha. Me
sentí que formaba parte de un todo y que todo tenía un ritmo y un tiempo. Era
muy duro pasar el día recogiendo la cosecha, pero era grandioso. Me descalzaba
y sentía la tierra en mis pies. A veces creo que me volvía un poco animal en el
campo, y no había manera de estar encerrado en casa salvo para comer. Era
ciudadano de aquel lugar y libre como todo lo que allí vivía.
Ese verano también me enseñó a buscar agua. Tenía
que hacer un pozo para que no le faltase el agua al año siguiente. Acudí a su
casa y nos fuimos al campo, se descalzó, cogió un palo con ambas manos y se
puso a andar. Pero, antes me miró queriendo decir “silencio”. Yo lo seguía,
despacio, parecía estar en otro mundo. Andábamos, de repente paraba, se movía
un poco el palito y decía: “no, no hay suficiente”, y seguía. Estuvimos horas buscando
y dando vueltas. Yo le miraba la cara, quería saber qué estaba pensando. Por
fin, esa tarde dimos con un sitio en el que el palo se movía con más fuerza y
le salió una sonrisa enorme. Era el lugar idóneo para hacer un pozo, había
mucha agua, decía. Estaba entusiasmado, me miró y me dejó coger el palo con las
manos. Me hizo andar, me enseñó a ser uno con el palo, a sentir lo que notaba
el palo, y a ver cómo al llegar al agua éste se ponía a saltar. Era una
sensación maravillosa, yo estaba alucinado. Al día siguiente me pasee todos los
alrededores de la cabaña buscando agua. No encontré claro, el lago estaba a
pocos metros. Sabía encontrar agua, impresionante.
Mi vecino era de la gente especial, de la que te
enseña, de la que es un placer estar a su lado porque te enseñan hasta con la
mirada. Aprendí muchísimo de él. Sabía cuándo iba a llover, cuando era el día
idóneo para plantar, por qué los pájaros hacían lo que hacían, etc. Era parte
de la tierra y, efectivamente, no me hacía falta nada más. Luego, en invierno,
cuando estábamos en el patio del colegio miraba las nubes y les decía a mis
amigos cuando iba a llover. Para ellos simplemente eran nubes que pasaban. Qué
orgulloso me sentía de mi amigo. Todo lo que me enseñaba me servía en la vida.
Simplemente, me daba parte de su sabiduría, y felicidad, mucha felicidad.
A.Machancoses

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